viernes, 13 de enero de 2012

Y nada más...

Alguna vez, en algún instante de mi vida, creo que sentí eso que llaman amor. Recuerdo que era una sensación cálida, agradable, tibia, como el sol se posa en el rostro en un día de abril. Recuerdo un cosquilleo en el estómago, como una dulce corriente de agua que te refresca en los días de calor. Al mirar la luna, cerrando los ojos, evoco su imagen, la imagen de la mujer a la que jamás podré dejar de amar.

Sobre el manto que la naturaleza ha tejido para mí, reclino mi cabeza y observo el firmamento. ¡Es tan basto! La soberana del cielo me mira, me vigila, vuelve los ojos a este punto del universo que es mi insignificante presencia. Me siento como un pequeño insecto observado con un microscopio. Su presencia agota mi memoria, la absorbe y se lleva tus recuerdos con ella.

En un tímido esfuerzo, me siento y miro hacia el lago. El espejo en el que se ha convertido el agua me devuelve la imagen de un hermoso paraje. El viento mece con suavidad las ramas de los árboles, de los arbustos caen las primeras flores de la primavera, los nenúfares se esconden entre la maleza de la orilla. En el centro, un pez salta y deja las ondas a su paso. Los círculos concéntricos se agrandan cuanto más lejos se encuentran de su inicio. Me quedo absorto en en ellos. La delicadeza de la superficie acuosa me transmite ese sentimiento de vacío que ahora me llena...

Y miro hacia todas partes, buscando el castillo de la princesa, pero el lugar que antes ocupaba, está envuelto en brumas. No hay nada más allá, sólo el abismo. El abismo y nada más...

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